Por Ana Carolina Castro Correa (Administradora de Empresas Turísticas- Especialista en Planificación Turística y Destinos Inteligentes)
El turismo va a crear uno de cada tres empleos nuevos en el mundo hacia 2035. La pregunta no es si habrá trabajo, sino si estamos formando a quienes lo van a hacer posible.
Para 2035, el turismo y los viajes van a generar 91 millones de empleos nuevos en el mundo: uno de cada tres puestos de trabajo que se creen en el planeta durante la próxima década va a estar en este sector, según el reporte más reciente del World Travel & Tourism Council (WTTC), presentado en su Cumbre Global de Roma. El mismo informe advierte algo que como docente no puedo pasar por alto: si la formación no acelera al mismo ritmo que la demanda, el sector va a enfrentar un déficit de 43 millones de trabajadores calificados hacia esa misma fecha. Es decir, el problema no va a ser la falta de empleos. Va a ser la falta de personas preparadas para ocuparlos.
Esa cifra resume, mejor que cualquier reflexión mía, por qué llevo un tiempo pensando en esto: después de haber trabajado desde diferentes escenarios del sector turístico la gestión pública, el acompañamiento a proyectos de territorio, la empresa privada y hoy estar también desde el aula, tengo cada vez más claro que la transformación del turismo empieza mucho antes del primer empleo: empieza en la formación; no se trata de enseñar a organizar viajes. Se trata de enseñar a mirar el territorio, crear oportunidades y construir el turismo que Colombia todavía no tiene.
Un sector que está cambiando más rápido de lo que se enseña; El turismo en Colombia está cambiando, y lo está haciendo en varias direcciones a la vez. Según el análisis de tendencias para 2026 que recoge Procolombia junto con operadores del sector, los viajeros de hoy buscan experiencias multidestino, más inmersivas, y cada vez más mediadas por tecnología: de acuerdo con datos de la firma Skift, el 42 % de los viajeros investiga sus próximos viajes a través de redes sociales, el 56 % confía en las recomendaciones de creadores de contenido, y el 64 % descubre destinos y experiencias a través de influenciadores. La promoción y comercialización de un destino ya no depende solo de un folleto o una feria: depende de saber leer y usar esas nuevas dinámicas digitales. Al mismo tiempo, la sostenibilidad dejó de ser un valor agregado para convertirse en una exigencia.
El informe Travel & Sustainability Report 2026 de Booking.com encontró que el 62 % de los viajeros colombianos considera la sostenibilidad «muy importante» al momento de reservar, el 80 % quiere vivir experiencias de cultura local auténtica, el 75 % espera que su gasto beneficie directamente a las comunidades que visita, y el 82 % cree que las empresas turísticas deberían ofrecer más opciones sostenibles. No son cifras marginales: son la mayoría de los viajeros diciendo, con claridad, qué tipo de turismo esperan encontrar, y en el terreno, esos cambios ya se sienten. Medellín, que conozco de cerca por haber trabajado en su fortalecimiento turístico desde el sector público, pasó de que solo el 36 % de los pasajeros que llegaban al Aeropuerto José María Córdova fueran turistas internacionales en 2014, a que hoy representen el 61,5 %. En la misma década, los prestadores de servicios turísticos formalmente registrados en la ciudad crecieron un 884 %, de 1.210 a cerca de 12.000. Ese crecimiento no ocurre solo: ocurre porque hay personas detrás gestionando productos turísticos, atendiendo visitantes, diseñando experiencias y tomando decisiones sobre el territorio. Y esas personas necesitan formación a la altura de lo que el sector les está exigiendo.
Las empresas turísticas de hoy necesitan personas que no solo sepan ejecutar procesos, sino que puedan proponer, solucionar, crear experiencias y entender estas nuevas dinámicas del mercado. Por eso creo profundamente en la educación técnica como una herramienta de transformación social y de desarrollo para el sector turístico. No formar para los empleos de hoy, sino para los que todavía no existen. Cuando un estudiante aprende a organizar un evento, diseñar un viaje, interpretar las necesidades de un cliente, identificar oportunidades en su territorio o convertir una idea en un emprendimiento, no está simplemente adquiriendo una competencia técnica. Está aprendiendo a mirar su territorio con otros ojos y ahí está uno de los grandes retos de quienes tenemos la responsabilidad de educar: no formar estudiantes únicamente para ocupar los empleos que existen hoy, sino para que estén preparados para crear y transformar los empleos y las experiencias turísticas del futuro.
Esto no es una intuición aislada. El mismo reporte del WTTC señala que, además de cerrar la brecha de trabajadores calificados, el sector necesita invertir en alfabetización digital, adopción de inteligencia artificial y prácticas sostenibles como parte central de la formación o como un curso adicional, sino como una competencia transversal y estudios sobre las habilidades clave para el turismo del futuro coinciden en un mismo núcleo: dominio de herramientas digitales y de marketing en línea, comprensión real de la sostenibilidad y la responsabilidad social, comunicación efectiva entre culturas distintas, capacidad de adaptación permanente y trabajo colaborativo entre áreas. Ninguna de esas competencias se improvisa el primer día de trabajo. Se construyen o no desde el aula. El SENA, referente regional en formación técnica, lo planteó hace unos años en los mismos términos a través de su director general en ese entonces, Carlos Mario Estrada Molina, al insistir en que las organizaciones y quienes las formanserán juzgadas como relevantes o irrelevantes según su capacidad de adaptarse a la transformación digital y de sostener el aprendizaje a lo largo de la vida. Esa es exactamente la tensión en la que vivimos quienes enseñamos turismo hoy: no podemos formar con el mapa de hace diez años a estudiantes que van a trabajar en el turismo de dentro de diez años.
La educación técnica necesita estar cada vez más conectada con la realidad empresarial, las tendencias del sector, la tecnología, el emprendimiento, la sostenibilidad y las necesidades de cada territorio. Pero también necesita algo más fundamental, algo que ningún informe mide en porcentajes: creer en el potencial de nuestros jóvenes. Enseñar territorio, no solo enseñar turismo porque detrás de cada estudiante hay una historia, una idea, una capacidad que todavía está por descubrirse y, en muchos casos, una posibilidad de transformar no solo su propio futuro, sino también el de su comunidad.
Como profesional del turismo y como docente, hoy entiendo mi trabajo desde ese lugar: conectar conocimiento, territorio y oportunidades. Porque enseñar turismo no es únicamente enseñar a organizar viajes. Es enseñar a comprender el mundo, a valorar nuestro territorio y a crear experiencias capaces de generar desarrollo. Esto es particularmente cierto en ciudades como Medellín, donde el turismo comunitario y el turismo de base local se han convertido en una vía real de desarrollo económico para comunas y territorios que históricamente estuvieron al margen de la actividad turística formal. Formar a quienes van a liderar esos procesos con criterio, con ética y con sentido de territorio es, literalmente, formar el futuro económico y social de esas comunidades y si queremos un turismo más competitivo, sostenible, innovador y humano, tenemos que empezar por quienes serán sus protagonistas. No los destinos. No la infraestructura. Las personas. el futuro del turismo también se está formando en nuestras aulas y en un sector que, según las proyecciones, va a necesitar decenas de millones de profesionales calificados en la próxima década, esa es, posiblemente, la inversión más estratégica que podemos hacer hoy.
¿Qué está haciendo tu organización, tu institución educativa o tu ciudad para formar a quienes van a construir el turismo del futuro? Me encantaría leer sus experiencias en los comentarios.